Planificación y Urbanismo en la Ciudad de México del Siglo XX
La Etapa de los Orígenes, 1917-1928

Gerardo G. Sánchez Ruiz
Departamento de Procesos y Técnicas de Realización
CyAD / UAM - Azcapotzalco

Introducción
A partir de la segunda década de este siglo, en la ciudad de México, un territorio perturbado por los efectos de la parte armada de la Revolución Mexicana–donde es significativa la concentración poblacional–, los gobiernos de la época, dieron paso a una serie de acciones que años más tarde, sustentaron las grandes intervenciones sucedidas en la ciudad de los años treinta. Connotadas con los calificativos de urbanismo y planificación, esas acciones aunque de principio realizadas de forma aislada; en su aspecto de consecuencia dieron cuenta, de un conjunto de aspiraciones provenientes de los distintos grupos sociales que se venían conformando como parte de la continuidad de la Revolución, y en ese mismo sentido, de su visión de progreso.

Como herramientas técnico-sociales, el urbanismo -aplicado sobre todo a cuestiones de intervención territorial y la planificación–ligada a una visión amplia de la organización social y del territorio–,1 fueron blandidos por un grupo de profesionistas -principalmente arquitectos e ingenieros-, con el deseo de acercar a los grupos que se forjaban en la dinámica revolucionaria, los beneficios que debían resultar como corolario de un proceso social empujado principalmente por campesinos y obreros. Y pese a no haberse extendido los beneficios tal como lo planteaban Estado y buena parte de esos profesionales, la ciudad fue sujeta a una serie de intervenciones traducidas en la introducción de infraestructura, equipamiento y vivienda; donde se denotaba, la intención de ese Estado por hacer llegar los beneficios de la modernidad a la sociedad que le había dado origen.

De acuerdo con lo señalado, este trabajo se propone hacer una caracterización de las condiciones sociales y de la actividad desarrollada en materia urbana, por un Estado en construcción y, en el espacio más dinámico del país. Esas acciones se analizan, en un periodo que aquí se denomina de orígenes, el cual a su vez se conduce como un periodo de reconstrucción de la ciudad y del país, que se extiende de 1917 al finalizar la parte armada de la revolución; concluyendo, en 1928 cuando se suprime la fórmula municipal a las unidades administrativas que conformaban al Distrito Federal y, por consiguiente, se da origen al Departamento del Distrito Federal a partir de 1929.2

Las Determinantes que dieron origen a los esfuerzos planificadores
No obstante la emergencia que vivía el país, el Estado surgido de la revuelta, hacía esfuerzos por atender las demandas que en ese momento planteaban los grupos poblacionales que habían hecho de la ciudad de México su espacio de vida. Esa actitud, procedía del hecho de que como producto de la Revolución y al erigirse como el organizador de la sociedad, el Estado aparte de preocuparse por ofrecer a la sociedad algunos de los beneficios por los que se habían luchado, necesariamente tenía que otorgarlos para de ese modo evitar las inconformidades que, como resaca de las batallas, aún se suscitaban en las distintas regiones del país. Además, con ese proceder, el Estado disminuía las posibilidades de que una nueva explosión social como la recién concluida, empañara la anhelada reconstrucción.

En esa renovación había otro factor, un contexto internacional que como resultado de la primera gran guerra y de la inestabilidad que la misma había generado en los mercados internacionales, mostraba una economía por demás deteriorada; donde los países con altos niveles de industrialización, hacían esfuerzos por alcanzar desarrollos que les permitieran proporcionar a sus sociedades, los beneficios de una modernidad que en ese momento se construía y cuyas notas eran vividas en las principales metrópolis. Esos beneficios –prefijados como condiciones de progreso y aun en condiciones adversas–,3 tenían lugar en esos centros mundiales a partir del surgimiento y la extensión de renovados movimientos culturales, la aparición de nuevos estilos de vida, el uso de objetos generados por el desarrollo industrial, la rápida transformación de sus espacios, la apertura de grandes avenidas, la construcción de edificios de gran altura, la creación de nuevas necesidades, etcétera.

Así, al finalizar la parte armada de la Revolución, la reconstrucción del país no significaba una simple situación de levantar lo caído, en tanto la sociedad emergente asociaba el reconstruir, con los deseos de superar su anterior situación. Reconstruir representaba para la nueva sociedad, mejorar sus formas de vida, sus espacios de habitación, sus ambientes de trabajo, su transitar por la ciudad; y en su caso más consciente: transformar al país en otro, pero, con mayores situaciones de progreso.4 De manera que, fuera de manera consciente o inconsciente, cada una de las acciones de la reconstrucción tenían que orientarse en ese sentido; y por supuesto, como la mayor concentración poblacional del país, la ciudad de México tenía que ser objeto de esas acciones, a riesgo de ver aflorar o su caso acrecentar, las inconformidades que en ésta se sucedían.

La Ciudad al concluir la parte armada de la revolución
Para ese entonces, de acuerdo con la Ley de Organización del Distrito Federal y Territorios Federales de 1917, el Distrito Federal estaba conformado por la ciudad de México y los municipios de Azcapotzalco, Coyoacán, Guadalupe Hidalgo, Iztapalapa, Mixcoac, San ¡ngel, Tacuba, Tacubaya, Tlalpan y Xochimilco. Donde según la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en la fracción VI del artículo 73, la forma de regirse era de carácter municipal;5 y de acuerdo con la Ley de Organización del Distrito Federal y Territorios Federales del mismo 1917, en cada una de aquellas municipalidades y por supuesto en la ciudad de México, los habitantes elegían directamente a sus ayuntamientos.6 Este territorio, de acuerdo al informe presidencial de 1918 contenía: 2,715 establecimientos industriales, de los que 334, producían substancias alimenticias; 72, textiles; 365, maderas; 161, productos químicos; a la vez que 257, eran de la industria siderúrgica y 488 de la peletera. Aunado a ello, se registraban: 274 escuelas primarias elementales; 67 escuelas nocturnas primarias superiores; 40 escuelas nocturnas y 11 jardines de niños; estas escuelas sumadas a 120 escuelas particulares, formaban un total de 512 escuelas con una asistencia de 73,614 alumnos (DDF-SP,t16,v3,1976:10-278).

Siguiendo lo anterior, el Distrito Federal según el censo poblacional de 1921, contenía 906 063 habitantes de los cuales, 615 367 se asentaban en la ciudad de México. Esa población, desarrollaba sus actividades en lo que ya para ese año se había reorganizado en trece municipalidades, estructuradas de la siguiente manera: Azcapotzalco, con cuatro haciendas y quince ranchos; Coyoacán, nueve pueblos, dos haciendas, dos colonias y cinco barrios; Cuajimalpa, tres pueblos, dos haciendas, cinco rancherías y el Parque Nacional del Desierto de los Leones; Guadalupe Hidalgo, catorce pueblos, tres haciendas, nueve ranchos, dos rancherías y tres colonias; Iztapalapa, dieciséis pueblos, una hacienda, trece ranchos, cuatro colonias y cuatro estaciones de ferrocarril; México, un pueblo y ocho colonias. Milpa Alta, diez pueblos y tres ranchos; Mixcoac nueve pueblos, una hacienda, tres ranchos, cuatro colonias, seis barrios y seis fábricas; San Ángel, doce pueblos, tres haciendas, cinco ranchos y cuatro estaciones de ferrocarril; Tacuba, cinco pueblos, tres haciendas, dos ranchos y una estación de ferrocarril; Tacubaya, dos pueblos, cuatro ranchos, cinco congregaciones y una colonia; Tlalpan, ocho pueblos, dos haciendas, siete ranchos y tres barrios, y; Xochimilco, diecinueve pueblos, dos haciendas y dos ranchos (Univ.23.04.21).

Esa composición territorial, certificaba la condición rural del Distrito Federal a la vez que mostraba, la nueva dinámica en la que se desenvolvía la ciudad de México, como resultado de la apertura de nuevos asentamientos poblacionales –denominados colonias– en sus rededores.7 Esos nuevos espacios, continuaban el patrón de expansión fijado desde mediados del siglo XIX, distinguiéndose al sur y poniente, los generados por los sectores medios y altos, mientras que en el norte y oriente se levantaban los producidos por las concentraciones proletarias. Si a lo señalado se le suma inestabilidad vivida como resultado a las continuas asonadas militares, el incremento poblacional donde eran determinantes las migraciones y, la desorganización que privaba en las instancias administrativas; se entienden las deficientes condiciones por las que se conducía la ciudad.

Buena parte de esas deficiencias, resultaba por un lado, del deterioro que privaba en calles y zonas de habitación donde se realizaban la parte fuerte de la actividad de la ciudad; y por otro, de las condiciones en que se desenvolvían los fraccionamientos recientemente creados.8 Las notas periodísticas de la época, son recurrentes al señalar la falta en servicios de pavimentación, drenaje, agua, alumbrado público, así como de equipamiento en zonas como: Arcos de Belén, Buenos Aires, Romita, Candelaria, Vallejo, Obrera, Portales, Hidalgo, Algarín, Morelos, Valle Gómez, Maza, Chopo, Atlampa, Exhipódromo de Peralvillo, Del Valle, el fraccionamiento Roma, etcétera. Vista la situación así, los desajustes en la ciudad se podían agrupar de la siguiente manera: la insalubridad que privaba en calles como resultado de su mismo deterioro y de la falta de una infraestructura adecuada a las formas de expansión; el hacinamiento y el deterioro que se observaba en buena parte de las viviendas, y; la falta de equipamiento para absorber las nuevas actividades.

Los intentos por modificar las condiciones de la Ciudad
Dadas esas condiciones, el restablecimiento de la ciudad tenía que sustentarse en dos condiciones. Una de carácter objetivo, de situación real, donde las insuficiencias sufridas por amplios sectores de la población –derivadas de las condiciones del empleo, la salud, la educación, la vivienda y otros– exigían en términos territoriales, un determinado volumen de infraestructura y de equipamiento que fuera capaz de cubrir esas carencias aunque ocurriera en condiciones mínimas. La otra condición era de carácter subjetivo, en razón de que las aspiraciones que se forjaban entre los distintos sectores sociales, exigían un conjunto urbano arquitectónico que ofreciera determinadas cualidades. No era solamente acceder a un determinado volumen de éste –aunque en un momento dado ello fuera la condición primordial–, eran también los deseos de disfrutar contenidos y formas; para de ese modo hacer concordar aquellas aspiraciones con sus expectativas de progreso; y de esa manera equipararlas con las notas de modernidad que se sucedían en otras partes del mundo.9

Con esos determinantes, el Estado tuvo que generar una serie de instrumentos y de situaciones, buscando conducir a la ciudad a través de las señaladas urgencias y aspiraciones de sus habitantes. En esa vía, los distintos gobiernos que confluían en lo conformado como Distrito Federal a lo largo de este periodo, se dieron a la tarea de intentar atender los siguientes aspectos: disminuir las condiciones de anarquía entre las que se conducía ese territorio en particular la capital; acelerar las actividades económicas que aquí tenían lugar, en la perspectiva de brindar algunas condiciones de progreso a sus habitantes, y; construir una serie de condiciones que le permitieran al territorio funcionar adecuadamente, facilitando de ese modo el desenvolvimiento de las actividades que soportaba.

Las normas legales para atender las emergencias
Respecto a lo primero, era un hecho que parte de la anarquía existente en la ciudad y en las distintas municipalidades, procedía del manejo independiente de estas últimas; particularmente cuando en esa conducción, pesaba la existencia de poderes locales, cuyos intereses –en ocasiones convertidos o sustentados en normas legales– muchas de las veces no concordaban con la perspectiva federal. Y pese a los deseos de los constituyentes que aprobaron la Constitución reivindicando al ayuntamiento libre, las diferencias que se fueron forjando entre el gobierno federal y los ayuntamientos –y aun entre estos mismos–, no permitían atender como se debía, al cúmulo de problemas agolpados en los territorios.

Cabe recordar que las diferencias entre el gobierno federal y los ayuntamientos, provenían desde la misma reinstalación del Ayuntamiento Libre al elaborarse la Carta Magna, cuando el mismo Venustiano Carranza en su papel de primer jefe del Ejército Constitucionalista, intentó exceptuar del carácter municipal a la ciudad de México.10 Con ese antecedente y al profundizarse los problemas de la capital, en 1918 el gobierno federal insistió en la revisión de ese estatuto al presentar el poder ejecutivo a través del secretario de gobernación, una iniciativa donde se solicitaba la supresión del Ayuntamiento Libre en la Ciudad de México –rechazada por el Congreso–, 11 y en la cual como contexto de los problemas arriba señalados, se hacía la siguiente reflexión:

[...] los hechos se han encargado de patentizar, en términos reiterados e incontrovertibles, que la adopción del Municipio regido por ediles de elección popular, como fundamento político y administrativo de la Capital, lejos de responder a las conveniencias y prácticas, pugna con ellas [...], las deficiencias en varios de los servicios públicos debidas principalmente a la falta de elementos pecuniarios, se han venido acentuando hasta constituir un importante problema que reclama entera y pronta solución (Ayuntamiento,1919:9-11).

Esas discrepancias desgraciadamente, se proyectaban en contra de la estructuración de acciones integrales en torno a la ciudad en un momento en que ello se demandaba; pero para dar cause a esas acciones, se requería de un conjunto legal con ámbitos de jurisdicción tanto federal como municipal, de manera que se diera fluidez a los trabajos requeridos. Nuevamente por desgracia, los problemas que se generaban como resultado del manejo de los recursos económicos –donde recurrentemente el gobierno federal, cuestionaba la debilidad de los municipios para sostenerse–, y sobre todo; las diferencias de corte político entre el gobierno central y las municipalidades –y aun en estas mismas–,12 impedían el acceso a esas situaciones.13

Pese a ello, la Revolución había planteado una nueva etapa en la vida de la ciudad y de sus habitantes, y por ende se exigía nuevas condiciones para sus municipalidades, de ahí que desde las distintas instancias administrativas que atendían a éstas –o en su caso al Distrito Federal–, se fueran estructurando un conjunto de disposiciones con el fin de ofrecer un mejor manejo de lo que en ese momento se presentaba como urgente. De ese modo, de entre el conjunto legal construido en esos años cabe destacar, por un lado, las que buscaban cimentar la actividad de los órganos administrativos que se venían creando, para de ese modo, disminuir la anarquía desatada en los distintos ámbitos, fueran estos territoriales o sociales, a saber: la reglamentación a las manifestaciones públicas (1917), el ya señalado intento por suprimir el ayuntamiento constitucional de México (1918), los intentos por reconstituir los fondos públicos a través de la Ley de Impuestos Municipales (1918) además de los fijados a los rubros comerciales e industriales (varios años), la reorganización del registro público de la propiedad (1918 y 1921), la reorganización de tarifas a tranvías (1920), la notificación de valores prediales a hoteles, casas de huéspedes, fábricas, talleres y bodegas (1926) y, finalmente, la supresión de la fórmula municipal para el Distrito Federal (1928).

Por otro lado deben resaltarse, las que incidían en los intentos por renovar los espacios de la ciudad, de manera que funcionara adecuadamente y se diera fluidez a las actividades que sustentaba, a saber: los intentos de reconstruir, reparar y conservar calles (1918), la reglamentación del tráfico (1918) (1922), la ubicación de sitios para autos de alquiler (1918), la división territorial del Distrito Federal (1920), el reglamento de construcciones del Distrito Federal (1921), la condonación de impuestos a quienes construyeran en sus lotes –y en particular vivienda– (1921) (1922) y, la delimitación de las zonas donde se podían establecer establos de ordeña (1928).

Y finalmente, las que pretendían establecer un orden a las actividades económicas –a la vez que activarlas–, entre otras: las bases para establecer expendios de gasolina (1918), las bases para otorgar contratos para el aprovechamiento de basuras (1918), las exenciones de impuestos a los expendios de pulque (1918), la reglamentación a expendios de bebidas alcohólicas (1918), la condonación de impuestos a vendedores ambulantes o establecidos que comerciaran comestibles (1922), el reglamento a los agentes de hotel (1922), las exenciones de impuestos a quienes construyeran casas (1924), el reglamento a boleros (1924), la reglamentación a molinos de nixtamal, y tortillerías (1926), las exenciones de impuestos a industrias (1926), la fijación a horas laborales en las zapaterías (1927), la reglamentación de la jornada de trabajo a establecimientos comerciales (1927) y, la reglamentación a expendios de cerveza (1928).
Como se observa, el carácter de esta legislación –dividida en federal y municipal–, correspondía a los intentos por hacer corresponder las nuevas exigencias de la sociedad capitalina, con las condiciones que privaban en los espacios ocupados por ésta. En ese mismo sentido, se buscaba encausar el cúmulo de las actividades que aquí se desarrollaban, en una vía que permitiera su reactivación; y así otorgar, beneficios tanto a los habitantes como a las arcas federales y municipales. No obstante ello, lo emitido carecía de la solidez que el territorio demandaba, ya fuera por las mismas pugnas entre ámbitos de gobierno, o por la tibieza con la que algunas de esas normas se conducían; aún así, la legislación generada era un primer paso en la consolidación de los órganos administrativos de la ciudad.

La Renovación de la Infraestructura y del Equipamiento
En ese proceso de reorganización del gobierno de la ciudad –donde la falta de recursos era determinante–, sólo se iban atendiendo –como ya se señalaba– las situaciones urgentes; una de estas situaciones era la insalubridad, la que al acrecentarse a su vez generaba mayores exigencias en el rubro de la salud. No era raro que entre los argumentos que vertía el gobierno federal en sus diferendos con el Ayuntamiento Libre en la Ciudad de México, señalara las deplorables condiciones de algunas de las zonas de ésta, ello era patente cuando se apuntaba:

“En cuanto al servicio de limpieza de la ciudad [...], ha sufrido en perjuicio de la higiene y del buen aspecto urbano, al grado de que hoy por hoy se han convertido en focos de infección cuarenta calles, aproximadamente, sin contar casi todas las colonias del Rastro, Vallejo y Valle Gómez. En realidad sólo han podido ser atendidas, de manera suficiente, las avenidas céntricas, quedando el perímetro de la ciudad en mayor o menor abandono, según los rumbos” (Ayuntamiento,1919:11).

De esa realidad se desprende, la actitud de la Junta Municipal de Salubridad a principio de los años veinte, al ir reorganizando el servicio de limpia y establecer una serie de rutas, las cuales por su recorrido, abarcaban principalmente al centro o zonas aledañas a éste, tales como San Juan de Letrán, Bucareli, Juárez, Reforma, Puente de Alvarado y San Cosme. En ese mismo sentido, para esas zonas en 1921 se anunciaba, la instalación de 1,200 botes con dimensiones de 90 centímetros de alto por 50 de diámetro; y para hacer la recolección, se informaba de la existencia de 225 carros de limpia, de los que 22 eran del modelo “Ambulator”, “utilizado en las naciones más civilizadas del mundo”. En ese mismo sentido, la Junta Municipal de Salubridad, generaba campañas de saneamiento en colonias proletarias o en vecindades –incluyéndose el lavado de calles–, como respuesta a los continuos brotes de enfermedades infecto contagiosas (Univ.12–23.04.21).

Esa necesidad de higienizar y de modificar la imagen de la capital incluía también, el control de las vendimias en calles y la renovación de los mercados, en el primer caso, ante la imposibilidad de retirarlas; se generó una disposición donde se establecía que para otorgar una licencia y poder establecer alguna, se obligaba a los interesados a construir un pequeño kiosco conforme a un modelo aprobado por el Ayuntamiento. Aunado a ello, el presidente municipal de la ciudad, el General Celestino Gasca, visualizaba la necesidad de construir una serie de mercados para atender las demandas de la capital,14 ello lo exteriorizaba de la siguiente manera:

“Es bochornoso que una ciudad como la nuestra no cuente con verdaderos mercados en que expender sus productos [...]. Lo ideal para nosotros, sería que no existieran mercados en la forma actual, sino que la venta de mercados se hiciera en la misma forma que en las grandes ciudades norteamericanas, en verdaderas casas especiales, pero ya que esto no se compagina con nuestras costumbres, multiplicaremos el número de mercados pequeños en la ciudad. Una vez construidos esos mercados, podremos eliminar de las calles fácilmente las ìvendimiasî triste espectáculo ante los extranjeros (Univ.16.04.21).”

En el segundo caso se buscaba, por un lado, higienizar mercados en malas condiciones tales como el baratillo de Tepito y el mercado del Volador; y por el otro, como resultado de la actividad del Ayuntamiento, en 1924 se anunciaban nuevos mercados en construcción como los localizados en Claudio Bernard y calzada del Niño Perdido, la calle de Cedro y San Cosme y, el de la Dalia en la Santa María de la Rivera.

Esta necesidad de evitar la insalubridad, se ligaba con las posibilidades de abastecimiento de agua y el desalojo de las ya utilizadas, y por supuesto era en esto último donde los gobiernos ponían mayor atención. De tal manera que, en 1917 como obras para atender parte de la problemática, se resaltaba la ejecución de trabajos de limpia, desazolve y reforzamiento de los bordos en los ríos del Valle de México, principalmente en Tlalnepantla, Los Remedios, Consulado, La Piedad y el Canal Nacional, a la vez que, obras de desagüe del Valle de México y del Lago de Texcoco (DDF–SP,t16,v3,1976:10–278).

Debe recordarse que ya en esos años, se mencionaba el problema de la insalubridad como una situación que afectaba a todo el Valle de México, y como resultado de las tolvaneras e inundaciones que en las respectivas épocas se sucedían. Y en efecto, notas de la época dan cuenta de que la ciudad permanecía varias horas cubierta por el polvo generado como consecuencia de la desecación del Lago de Texcoco; además de registrar la ocurrencia de inundaciones provocadas por lluvia o por el desbordamiento de ríos y canales. De ahí que según el informe presidencial de 1917 se hicieran esfuerzos por disminuir las partes erosionadas del valle, levantando una cortina de árboles a partir de sembrar 30,200 arbolillos en las márgenes del Gran Canal del Desagüe y en algunos terrenos del desecado lago de Texcoco (Idem).

En esa misma vía, en subsecuentes años se señalaban: la regularización del río desaguador de Tultitlán; la derivación de las aguas del río Cuautiltlán hacia el lago de Zumpango; el alejamiento de las aguas del río de los Remedios, Tlalnepantla y Consulado de los centros poblados que atravesaban (1919), junto a la apertura de un canal entre Mixquiq y Tulyehualco para conducir el agua de los manantiales de Tetelco y Tezompa hasta el lago de Xochimilco, y a la vez, para transportar mercancías (1919); el descenso del fondo del Gran Canal y el dragado del Canal Nacional en un tramo que iba de Jamaica a “un punto denominado Más Arriba” (1922); la apertura del canal de Santa Coleta y la ampliación del cause del río Viejo de Guadalupe (1923); la construcción de 3 kilómetros del Canal de Chalco y la construcción de un embarcadero en Jamaica (1924), y; la construcción del colector poniente en la calzada Insurgentes, así como la conclusión de las presas de Dolores y de San Joaquín (1927) (Idem).

En esa reconstrucción de la infraestructura del Distrito Federal y por ende de la ciudad de México,15 un aspecto regularmente atendido era la pavimentación, en este caso se planteaban dos necesidades; por un lado atender las zonas consolidadas, y por otro, hacer fluidos los recorridos entre la ciudad y las nuevas zonas que se le agregaban. En el primer caso, recurrentemente se anunciaban acciones de pavimentación en las calles del centro, donde existían efectos como resultado de las lluvias y por obra de la circulación de carros –calculados para 1922 en 20,000 y en 1926 en 41 820 (Exce.01.04.26)–. Aún más, en ese entonces la pavimentación de calles correspondía al Ayuntamiento y a la Compañía de Tranvías de México S.A. –en las áreas por donde circulaban sus vehículos–; sin embargo, el Ayuntamiento o en su caso al gobierno federal, continuamente resaltaba la actitud de la Compañía al no cumplir con sus obligaciones.

No obstante ello, por su importancia en el desarrollo de las actividades económicas, el Ayuntamiento y Gobierno del Distrito Federal trataban de mantener en condiciones mínimas de circulación a las principales calles, avenidas y carreteras; de ahí que a lo largo de estos años se numeraran como acciones: la apertura de una amplia calle en San Ángel (1918); la prolongación de la avenida Veracruz hasta Mixcoac, el trazo de la calzada de Mixcoac a San ¡ngel, además de reparar tramos de las carreteras a Toluca, Tampico, Acapulco y a Puebla (1920); la urbanización del barrio de Romita (1921); la construcción de un camino que uniría a los pueblos de la Magdalena, Aculco y San Juanico y, la construcción de puentes sobre los ríos Mixcoac, La Piedad, Barranca del Muerto, y Guadalupe (1923); la mejora de la avenida Insurgentes (1924); la construcción de una avenida para unir a la Glorieta de la calzada de Insurgentes con el centro de Coyoacán y, el inicio de las obras de las carreteras a Puebla, Laredo, Acapulco y Arriaga–Comitán (1925); 16 el puente de San Juan de Dios en la calzada de Tlalpan (1927), y; el inicio de las obras de primer puerto aéreo de la República (1928) (DDF–SP,t16,v3,1976).

Como parte de la atención a las vialidades y con el fin de atender la anarquía que reinaba en las incipientes líneas de camionetas y coches, a fines de 1917, el Ayuntamiento empezó a asignar permisos y rutas. La primera línea en organizarse fue, la conocida como “Santa María Mixcalco y Anexas”, en este caso y de acuerdo al licenciado Moisés T. de la Peña, no fue una casualidad que aquella fuera la primera línea en organizarse, puesto que –según rememora–, concurrieron circunstancias determinantes, tales como el hecho de ser aquella: “una ruta con calles asfaltadas (para ir a la estación Buenavista), la afluencia de pasaje de las estaciones y el malísimo servicio que daba la Compañía de Tranvías (De la Peña,1943:16–17).” Posteriormente surgieron otras líneas tales como la Peralvillo–Cozumel, la Guerrero–San Lázaro, la México–Tacubaya, Peralvillo–Viga, San Rafael–Artes y la Roma Piedad; de tal modo que para 1923 existían 30 líneas registradas con 1,726 vehículos. Pero dada la misma desorganización de la ciudad y de sus deplorables condiciones, era común que las terminales de aquellos vehículos se improvisaran y que, las reuniones de los choferes y se hicieran al aire libre, por ejemplo en la Alameda de Santa María (idem).

En materia de equipamiento, las distintas instancias que se ocupaban del rubro, pasaban por iguales circunstancias de las ya señaladas, con esa circunstancia, la necesidad de equipamiento en particular para la administración pública, la educación y la salud, se cubrían en primera instancia, a partir de reparar y hacer uso de edificaciones ya existentes propiedad de la nación; o de los que se utilizaban a partir de decretos a favor de la nación o por causa de utilidad pública –muchos de ellos utilizados por la iglesia–. No obstante esos límites, los gobiernos involucrados en las distintas municipalidades junto al federal, realizaban esfuerzos por ir introduciendo obra nueva y así atender las carencias más graves. De esa manera, en el rubro de la educación, se destaca la construcción de la Biblioteca Miguel Cervantes y un Instituto Tecnológico (1923); una serie de escuelas denominadas modelo como la Guillermo Prieto (1921), la José María Morelos y la Benito Juárez (1923); y en el caso de la salud el Instituto de Higiene (1925) y la Secretaría de Salubridad y Asistencia (1926–1929).

Dentro de esta reconstrucción de condiciones de la ciudad, un aspecto que destaca es la situación de las viviendas, si bien los sectores con posibilidades económicas venían procurándose nuevas áreas para vivir, de ahí la aparición de nuevas zonas residenciales sobre todo al sur y poniente de la ciudad; era entre los grupos de escasos recursos donde la situación apremiaba. Y en efecto, la realidad vivida en las colonias obreras que se extendían sobre todo al oriente y norte de la ciudad, o en vecindades del centro, hacía del hecho una situación grave. Ello explica que ante la escasa producción de aquellas y por los efectos de las continuas alzas a los arrendatarios, se avivaran las inconformidades entre éstos; y que desde 1921 se fueran conformando organizaciones de inquilinos –incluso la conformación del Partido Emancipador de Inquilinos del Distrito Federal–, las que a lo largo de la década irían exigiendo la construcción de viviendas y el control de aquellas alzas.17

Como en otros casos, la producción de vivienda estaba estancada y lo que se rentaba por sus regulares condiciones, estaba muy lejos de las posibilidades de la gente de escasos recursos; lo anterior si se considera que en 1921, las rentas fluctuaban por ejemplo, de 25 a 40 pesos por mes en departamentos localizados en San Jacinto, 50 y 60 pesos en el centro y, en 80 pesos una casa en la colonia del Valle. Dadas esa situación, mucha gente optaba por rentar algún cuarto de condiciones lamentables en las señaladas vecindades, o se aventuraba a vivir en algunos de los asentamientos que se iban formando en la periferia de la ciudad. En ello se funda el hecho de que para disminuir parte de las inconformidades surgidas en esos años, el Estado buscara controlar el incremento de las rentas, permitiera la creación de nuevos fraccionamientos e, impulsara la construcción de viviendas a partir de exentar impuestos. Pero a pesar de ofertarse vivienda, las condiciones de muchas de estas colonias eran por demás lamentables, en razón de que en pocos casos –por ejemplo la Chapultepec Heights y la Hipódromo Condesa–, los fraccionadores habían cumplido con su obligación de introducir servicios, manteniéndose en situaciones críticas la mayor parte de aquellas.

Por supuesto era en la época de lluvias cuando más se sufrían los efectos de esas carencias, de ahí que en distintas instancias de gobierno, se fuera destacando la magnitud del problema. Como ejemplo de esa situación, cabe recordar lo sostenido por el Departamento de Salubridad, el que ante inundaciones acaecidas en la colonia del Valle señalaba: “El Departamento de Salubridad no volverá a permitir que se construya una casa más, en aquellos sitios donde no se cuente todavía con atarjeas y un completo servicio de saneamiento, además, se obligará a propietarios y fraccionadoras a que hagan las mejoras” (Exce.06.07.24).

Ese y otros hechos en los nuevos fraccionamientos, motivó algunas de las manifestaciones sucedidas en estos años por parte de los habitantes de aquellas zonas, a la vez, de aquí se derivaron –al no imponerse un orden a los fraccionadores–, algunos de los móviles que el gobierno federal utilizó para suprimir los ayuntamientos. De esa manera se abrieron nuevas sendas, para al tratamiento de los problemas que aquejaban a los distintos espacios de la ciudad; y en esa misma vía, posibilidades para dar cause a su planificación.

Los Inicios de la Planificación y el Urbanismo
La inestabilidad que se sucedía como resultado de la guerra que se había vivido, las continuas contradicciones suscitadas entre los distintos niveles de la administración de lo que se componía como el Distrito Federal, las frecuentes renuncias o las deposiciones de presidentes municipales –o en su caso, de miembros de los cabildos–; además, de la inexistencia de profesionales de la planificación y del urbanismo, impedían acciones de largo plazo en este territorio, y en muchas de las ocasiones, la continuidad de las que se iniciaban. Como ya se subrayaba, la acción estatal se venía estructurando como respuesta a lo más urgente, y por ende, se aplazaba un desarrollo más ordenado de la ciudad; ante ese hecho, era necesario imponer un orden a la parte administrativa de lo que ya se perfilaba como una gran urbe; a la vez que, era impostergable plantear acciones que dieran cause a situaciones planificadas.

Lo que había venido existiendo en la ciudad, había sido un urbanismo de sentido común con lo que se resolvían necesidades vitales en lo ya consolidado y en sus nuevas extensiones, sin embargo, acciones mayormente pensadas no se habían experimentado. Los nuevos fraccionamientos que se abrían, se trazaban tomando como patrón las retículas contiguas, no se consideraba la introducción de servicios y sólo se buscaba atender las ligas con los espacios ya urbanizados. Pero para una sociedad dinámica –como reflejo de lo sucedido en las metrópolis modernas–, los nuevos tiempos exigían nuevas posturas ante la creación de nuevas zonas de la ciudad, y por supuesto, los habitantes de la ciudad aspiraban el acceso a ellas.

Pese a la reproducción de áreas creadas sin cuidar aspiraciones de sus habitadores, en el entramado citadino, sí se habían sucedido casos del urbanismo moderno, situaciones muy sobresalientes habían sido la creación de las colonias Chapultepec Heights Country Club y la Hipódromo Condesa. En estas colonias, el arquitecto José Luis Cuevas Pietrasanta –uno de los impulsores de urbanismo en México–, siguiendo los nuevos cánones de la nueva modernidad; en los señalados fraccionamientos, había buscado romper con las trazas tradicionales en la vía de aprovechar lo brindado por los terrenos, había destacado la existencia de circuitos interiores y, en particular, había dado paso a generosos espacios de áreas verdes.

Sin embargo, si se buscara un factor del cual se derivó la necesidad de acceder a un mayor nivel de control en el desarrollo de la ciudad, se encontraría que fueron los ya señalados problemas enfrentados por los habitantes de los nuevos fraccionamientos, los que se convirtieron en determinantes para dar paso a la planificación. Por supuesto, quienes tocaron la puerta por donde saldrían los esfuerzos planificadores, fueron las manifestaciones de protesta escenificadas por aquellos habitantes exigiendo a los respectivos ayuntamientos y al gobierno del Distrito Federal, hacer cumplir las promesas que los fraccionadores les habían hecho al adquirir sus terrenos.

En ese contexto y como una de las notas donde los arquitectos hicieron sentir su preocupación –además de sus propuestas–, ante los problemas que se sucedían en la ya denominada metrópoli, aconteció en la Sección de Arquitectura, Terrenos y Jardines del periódico Excelsior patrocinada por la Sociedad de Arquitectos Mexicanos (SAM). En esta Sección, a partir de 1925 se iniciaron una serie de críticas a la forma en que había venido creciendo la ciudad, y donde se destacaban las lamentables condiciones que se vivían en las nuevas colonias. De ahí que desde esa plana, se hiciera un llamado a municipios y gobierno federal, para que con sus atribuciones, suspendieran las actividades de las empresas fraccionadoras por los efectos causados a la ciudad. Como parte de lo reflexionado por la SAM, destaca lo siguiente:

Si tienen delante de sí los Ayuntamientos problemas enormes de saneamiento, si el Departamento de Salubridad Pública hoy es casi impotente para resolver el estado de la situación creada, la culpa es de nuestro abandono anterior y de la tolerancia con que se ha permitido la población en zonas completamente incapacitadas para la vida. El problema hoy es enorme, su solución es extraordinariamente difícil y urgente, pero es imposible abordarla ni previstos de la mejor voluntad, con medidas aisladas y con condescendencias; el único medio y la única vía, es un estudio de conjunto, de planificación y de urbanización; de una dictadura severa y sin complacencias, cuyas resoluciones sean producto de un plan general.

Debe apuntarse que, aparte de las inquietudes que venía planteando el arquitecto Carlos Contreras en torno a la planificación,18 en ese interés de los arquitectos por las condiciones en que se desenvolvía la capital, concurrió una condicionante externa: la celebración de la Conferencia Internacional de Planificación en Nueva York en abril de 1925. A dicha conferencia asistió una delegación mexicana, encabezada por el arquitecto Bernardo Calderón y Caso –en ese momento presidente de la SAM– y por el mismo Contreras;19 en ella, se habían destacado las virtudes de la planificación, y en especial, se habían resaltado los procesos que se habían generado en un buen número de ciudad es norteamericanas. De ahí que animados por lo vivido, desde la SAM se propusiera la construcción de órganos avocados a dar salida a ejercicios que impusieran arreglos a la ciudad. Ello se exteriorizaba de la siguiente manera:

[...] el único medio de preparar una etapa de mejoramiento en la urbanización y planificación de las ciudades, es la organización de un núcleo apoyado y sostenido por el gobierno y los ayuntamientos, en donde se reconcentren el conocimiento, la experiencia y la acción de los técnicos de todas las especialidades; realizando asimismo la reorganización de núcleos totales para cada población y aun comités para cada uno de los rumbos o barrios de esas poblaciones, que llevando al núcleo centralizado sus estudios y observaciones, puedan desarrollar una labor efectiva de conjunto que contrarreste a ese maremagnum de desaciertos que ha traicionado el ensanchamiento de las poblaciones, desorganizado e incongruente y producido por el aliento y esfuerzo de interese tan diversos, sanos los unos y francamente perversos los otros (Exce.21.06.25)

La crítica si bien dirigida a los fraccionadores por sus incumplimientos, también se hacía sentir hacia a las distintas instancias de gobierno que confluían en la administración de la ciudad, induciéndose la necesidad de planificar; de ese modo, de intervenciones aisladas, se dio impulso a un proceso de mayor solidez a la atención de la metrópoli.

En ese proceso debe destacarse que ya a fines de 1924, se había creado la Sección de Planificación en el Ayuntamiento de la ciudad de México; sin embargo, la pretensión de ordenar el desarrollo de la ciudad iba más allá, se insistía en planificar; por lo tanto, el arreglo de la ciudad necesariamente tenía que derivarse del ordenamiento del país. Con esa premisa, en 1925 Carlos Contreras propuso la creación de una “Comisión Nacional de Planificación y Comisiones locales de Planificación” en los diferentes estados, con la finalidad de dar cuerpo a un órgano de la magnitud que le permitiera incidir en el desarrollo de las distintas regiones del país, y por lo mismo, en el conjunto de éste. Un esfuerzo semejante requería –tal como lo destacaba la SAMó–, de un grupo de especialistas de diversas profesiones, de manera que ante tal requerimiento, en ese mismo año se creó como parte de las materias que cursaban los arquitectos, la clase de planificación en la Escuela Nacional de Bellas Artes; clase que a la sazón, ofrecía el mismo Contreras.

Siguiendo ese proceso, en 1926 se dio un importante paso en las aspiraciones por ejercitar la planificación en el país, al formarse la Asociación Nacional para la Planificación de la República Mexicana, la cual de entre sus tareas se planteó organizar una “Comisión Nacional de Planificación” que se avocara al estudio de la problemática de las regiones y de las ciudades. El avance en esa pretensión por planificar, quedó plasmado en sus objetivos de entre los que destacaban los siguientes:

1
0 Formular y dar a conocer a todos los habitantes de la República Mexicana, los problemas regional y nacional de la planificación de ciudades así como de la habitación... 40. Presentar a la consideración y aprobación del Gobierno Federal un proyecto de organización y funcionamiento de la “Comisión Nacional de Planificación” con carácter autónomo... 90. Estudiar los planos de las varias ciudades y regiones de la República... 100. Estimular la creación de Centros Industriales Modelos. 110 Fomentar la creación de ciudades y Colonias Jardines. 120 Procurar la creación de reservas forestales en toda la República... 140 Procurar que en la Legislación sobre construcciones urbanas, se apliquen ante todo los principios de salubridad o higiene, haciendo ver la conveniencia de que cada casa posea un jardín... (Contreras:1926).

Continuando con esos esfuerzos, en 1927 destaca el “Estudio Preliminar Numero 1 del Plano Regulador de México” del mismo Carlos Contreras y de Justino Fernández, documento donde se propuso una serie intervenciones para la ciudad sobre la base de un conjunto planificado; en el plano, Contreras exteriorizó su visión de la problemática de la ciudad –en particular de su zona centro– y sus deseos de ofrecerle solución. Como aspectos destacados del Estudio se observan: 20 la apertura de grandes avenidas de norte a sur y de este a oeste, la apertura de la avenida 20 de Noviembre, el trazo de una avenida en diagonal desde Chapultepec hasta el centro de la ciudad, un anillo de circunvalación y, –la recurrente– propuesta de abrir la calle de Tacuba, para convertirla en un eje que comunicara el poniente de la ciudad con su parte oriente (Contreras,1933).

Como dos últimos esfuerzos que acercan a la ciudad a las posibilidades de un orden mayormente reflexionado, sobresalen por un lado –y como obra del Ayuntamiento de Azcapotzalco–, la emisión del Reglamento de Planificación y Zonificación de Azcapotzalco en 1928, y que se expresó como la segunda legislación en el país que incidía en el campo de la planificación –la primera había surgido en Monterrey–. Y por otro, la conformación en ese mismo 1928, del “Comité del Plano Regional de la Ciudad de México y sus alrededores”, del cual cabe resaltar, Carlos Contreras era su director; y como parte de sus comisiones participaban: los ingenieros Miguel A. de Quevedo, Octavio Dubois, Roberto Gayol, Alberto Canseco y Francisco Antúnez Echegaray; los arquitectos José de la Lama, José Villagrán García, Carlos Ituarte y Vicente Mendiolea; a la vez que, Ezequiel A. Chávez, Primo Villa Michel y el Dr. Atl,

Pero para atender a la ciudad, se requería de un esfuerzo más estructurado, el cual tenía que partir, de una situación de mayor estabilidad del país y de la ciudad, de un control de la actividad planificadora a partir de un órgano que hiciera uso de un cierto poder político,21 y por supuesto, de la posibilidad de utilizar una significativa cantidad de recursos económicos.22 Y pese a que la posibilidad de planificar se aplazó por algunos años, tuvo lugar –con sus límites– a partir del manejo centralizado de la ciudad como resultado de la desaparición de municipalidades autónomas y, de la creación del Departamento del Distrito Federal a partir de 1929.

Con esas modificaciones a la estructura político administrativa del Distrito Federal, en subsecuentes años se generó una estructura que permitió dar salida a los trabajos de planificación a la ciudad. Esa estructura se constituyó a partir de: un sustento legal que buscó sustentar los ejercicios de planificación impulsados por un equipo de técnicos donde –como ya se resaltaba–, dominaban los arquitectos y los ingenieros; un aparato administrativo encargado de regular las intervenciones en la ciudad y que tomó cuerpo en la Comisión de Planificación del Distrito Federal; y como situación práctica, a una serie de proyectos con los que se procedió a modificar la traza citadina –de manera particular a su zona centro–, y cuyas directrices se extendieron a través de la ciudad durante varias décadas.

Citas
1 Aquí se utiliza el término Planificación en el sentido manejado por aquellos profesionales, resaltando lo que se quería englobar, al presentarse como una disciplina técnico humanística y muy propia del momento político que se vivía. En esta forma de utilizarse, es por demás destacable la intervención del arquitecto Carlos Contreras, quien en septiembre de 1926, explicaba el origen de dicho término de la siguiente manera: “El año pasado en Torreón apunté ideas preeliminares sobre el significado de los términos ingleses “PLANNING”, a secas, y con los sustantivos “site”, “city”, “regional”, “country”, “national”, y de la traducción que había hecho yo desde 1921 y más tarde en 1924 cuando preparé un esquema para el trazo del camino de México a Puebla y empecé a darle forma a mi proyecto de Planificación Nacional, creando el barbarismo PLANIFICACI”N, que a pesar de su humilde origen sigue creciendo normalmente. El término, según mi amigo, el arquitecto Prieto y Souza, en su artículo del domingo pasado en el “Universal”, “aunque malo, se ha aclimatado ya entre nosotros y ha tomado carta de naturalización”. (No estoy de acuerdo con lo de la carta de naturalización ya que nació en México y de padres mexicanos (Contreras,1926:587).

2 Las posibilidades de la planificación en la ciudad de México, con sus posibilidades y alcances a partir de 1929, son analizados en el libro “La Ciudad de México en el Periodo de las Regencias, 1929-1987” señalado en la bibliografía y con autoría de quien esto suscribe.

3 David Harvey, señala las posibilidades de la modernidad de esa época, con la siguiente afirmación: “El modernismo de entreguerras [...]estaba signado por el desastre. Se requería de una acción decidida para reconstruir las economías europeas destruidas por la guerra y para resolver los problemas de descontento político vinculados a las formas en que el capitalismo impulsaba el crecimiento urbano industrial” (Harvey,1998:47).

4 Vicente Lombardo Toledano a fines de los años veinte, refiriéndose a la necesidad de profundizar los cambios como consecuencia de la Revolución, señalaba “[...] las revoluciones políticas son rápidas, las transformaciones son lentas -aun empleando la fuerza, como en Rusia-, especialmente en países de incultura y de heterogeneidad racial como el nuestro. El cambio de las condiciones técnicas, económicas y sociales, determinarán la evolución de las instituciones políticas y de las costumbres, antes es imposible conseguir este progreso.” (Lombardo,1988:23).

5 En el señalado artículo y fracción se podía leer: “1a-.El Distrito y los territorios se dividirán en Municipalidades, que tendrán la extensión territorial y número de habitantes suficientes para poder subsistir con sus propios recursos y contribuir a los gastos comunes. 2a.-Cada municipalidad estará a cargo de un ayuntamiento de elección popular directa” (Congreso,1988).

6 No debe perderse de vista que lo señalado, combinaba la existencia de un gobernador del Distrito Federal y, una conjunto de presidentes municipales entre los que se incluía el de la ciudad de México.

7 Había que recordar que la denominación de colonias, procedía de los fraccionamientos abiertos a mediados del siglo XIX, en especial de la colonia francesa y la de los arquitectos.

8 Para los años en cuestión y con el aval de las distintas municipalidades, se fueron agregando nuevas colonias a la ciudad, entre otras: Bella Vista (1919), San Pedro de los Pinos (1920); Hernán Cortés y Prolongación Argentina (1921); Moderna, Chapultepec Heights Country Club, Purísima y Aragón (1922); Alfonso XIII, Nápoles, Clavería, Merced Gómez, María del Carmen y Roma Sur (1923); Obrera -antes Cuartelito-, Mixcoac, Observatorio e Industrial, (1924); Daniel Garza, Ex-Hipódromo de Peralvillo, Independencia y Postal (1925); Niños Héroes e Hipódromo Condesa (1926) y; Ramirezco (1928) (Naci., Exce. y Univ. v/f).

9 Esto último, era entendible si se considera que esas notas de modernidad llegaban al país como noticias producto de los viajes de personajes privilegiados o, como notas que traspasaban las fronteras a través de los medios de comunicación existentes en la época. La misma Revolución Mexicana, se presentaba como uno de los aspectos de la modernidad que renovaba al país, sin embargo, había que objetivar sus proclamas, sus promesas y sus acciones, en nuevas condiciones para la nación y para sus habitantes.

10 Ello era recordado, de la siguiente manera: “El proyecto de Constitución, presentado por el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista al Congreso de Querétaro el primero de diciembre de 1916, al fundar el Municipio Libre como base de la organización política de la República, no incluía a la ciudad de México en la misma condición de los Estados componentes de la Unión Federal [...]. Más, al discutirse la materia en el seno del Congreso Constituyente, varios diputados [...], indicaron que la misma base municipal fijada para la organización de los Estados se acordase para la ciudad de México, y la asamblea aceptó por mayoría, [...] la iniciativa [...] (Ayuntamiento,1919:9-11)”. /

11 En la defensa que hiciera el Ayuntamiento Libre de la ciudad de México de su estatus, se hacía la siguiente sentencia: “Hoy según la reforma propuesta a la Constitución, no hay plazos, no hay esperas: la ciudad de México sin trabas, será entregada, inmediatamente, en manos del Presidente de la República” (Ayuntamiento,1919:69). En ese mismo sentido, Gildaro Gómez presidente del Congreso, sostuvo “[...] la supresión del Ayuntamiento de la ciudad de México, que es preciso resolver en plena justificación para que no se lesione el principio del ayuntamiento libre, es una de las más caras conquistas de la Revolución” (DDF-SP,t16,v3,1976)./

12 Plutarco Elías Calles en su informe presidencial de 1926, refiriéndose a parte de esas contradicciones, señalaba: “Durante el último año, agitaciones de origen político se registraron en algunos ayuntamientos del Distrito Federal, entorpeciendo y dificultando la buena marcha de la administración, produciéndose serias alteraciones del orden público, las cuales llegaron hasta el grado de hacer desaparecer, por desintegración, algún cuerpo edilicio. Con este motivo, el gobierno del Distrito se vio precisado a hacer cumplir en todas sus partes los preceptos de la Ley de Organizaciones y Territorios Federales, que señalan las facultades de los ayuntamientos, las modalidades y términos de su acción y fijan la forma de designar los presidentes y vicepresidentes, la manera de suplir sus faltas temporales y absolutas y el plazo durante el cual deben ejercer sus funciones” (SP-DDF,t16,v3,1970:188) /

13 Sabido es que esa disputa concluyó en 1928, cuando -no sin la resistencia de los ayuntamientos y en especial, del de la ciudad de México-, se suprimió la fórmula municipal dándose cabida, a un gobierno nombrado desde la presidencia de la república y desde cual se centralizaron las decisiones.

14 Debe apuntarse que, la necesidad de transformar el equipamiento para abasto, también correspondía a los intentos por sumarse a la modernidad que recorría al mundo, del mismo ayuntamiento se señalaba necesidad de “[...] desechar el viejo sistema colonial de inmensos galerones para hacer multitud de pequeños mercados, prácticos e higiénicos diseminados por distintos rumbos de la ciudad”. De acuerdo con el mismo Ayuntamiento, esos edificios, debían ser desmontables y construidos con cemento armado y acero (Univ.16.04.00).

15 Aunado a esos trabajos, el Ayuntamiento Constitucional de México da cuenta de algunas de las condiciones de la ciudad en el rubro de pavimentos al señalar: “De (1900) hasta 1910 se continuó la pavimentación de asfalto ejecutada por diversas Compañías, y en conjunto pavimentaron 830 calles, con una superficie total de 1,200,000 metros cuadrados, con un costo aproximado de $ 10,000,000.00. Desde 1910 hasta 1918, los pavimentos de la ciudad, por diversas causas de todos conocidas, las calles estuvieron abandonadas, exceptuándose sólo, de vez en cuando y de un modo irregular, el bacheo de las más importantes.” (Ayuntamiento,1919:34-35).

16 En ese mismo sentido, el Ayuntamiento de la capital resumía sus actividades en 1926, señalando el bacheado y la reconstrucción de pavimentos en una cantidad de 124,228 metros cuadrados incluyéndose, calles de Medellín, Balderas, Colima, Guerrero, Niños Héroes, Zarco, Acapulco, Guadalajara y Coahuila; en los cruceros de Oaxaca y Jalisco, Oaxaca y Salvatierra, Jalisco y Tabasco, así como en la en la Plaza de Santiago (Exce.30.04.26)

17 Los argumentos que vertían los propietarios de bienes inmuebles eran en el sentido de que ellos tenían que erogar gastos mensuales que equivalían al 70 por ciento de las rentas, los que estaban distribuidos en: impuesto predial, de albañales, pavimentación y atajeas, alumbrado e impuesto de la ciudad, cobrador, impuesto de la renta, del timbre a los recibos, impuesto de salubridad, alumbrado y portera (Univ.11.04.21).

18 Un personaje por demás importante, en los trabajos de planificación realizados en el país y en la ciudad, fue sin duda el arquitecto Carlos Contreras. El arquitecto Contreras, desde principios de los años veinte buscó dar cuerpo a los ejercicios de planificación, intentando generar entre otras condiciones, primero: un cuerpo metodológico y conceptual en torno a la disciplina; segundo, un grupo interdisciplinario que, sustentara a la planificación; tercero: la construcción de un sustento legal que impulsara las intervenciones de la disciplina, y; cuarto, una serie de propuestas con el fin de atender problemas puntuales del país y de la ciudad de México.

19 En la apertura de la señalada Conferencia, el presidente de la misma -y a quien las crónicas señalan como el Sr. Ford-, al resaltar los pasos que en Norteamérica se daban respecto a la planificación de sus ciudades, señalaba: “Los principios de una planificación nacional han sido comenzados para México, según los planos del señor Contreras”. Al respecto cabe destacar que los planos de Contreras, habían sido expuestos en el Grand Central Palace, junto con los elaborados por delegados de otros países.

20 Aquí cabe destacar lo que concebía Contreras como plano de la ciudad, al señalar: “PLANO no es un simplemente el plano topográfico de la ciudad o de la región sino que se trata de un documento gráfico de mucha más importancia. Se trata de un documento en el que se exprese la vida funcional de la ciudad, la vida fisiológica: su circulación, por medio de sus calles, bulevares y arterias, ríos y canales, lagos, vías aéreas, etc.: su respiración por medio de sus parques, jardines, campos de juego, reservas forestales, y permítaseme que lleve el símil hasta la digestión y eliminación con su abastecimiento de productos alimenticios y de agua su saneamiento y drenaje. Habrá que tomar en cuenta de manera muy especial la cuestión de salubridad e higiene, aire, luz baños y servicios sanitarios, ejercicio, recreo y descanso. Y la parte moral y la parte espiritual y el problema educativo y el problema cívico. ¿Y el problema sociológico? [...] Esto y más señores debe ser el “PLANO DE LA CIUDAD” (Contreras,1926:590.591)

21 Ese órgano centralizado, indudablemente tenía que derivarse de la existencia de un poder político que pudiera canalizar las acciones. El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, uno de los discípulos del arquitecto José Luis Cuevas, ha señalado que Cuevas al destacar la importancia de las decisiones políticas en la práctica del urbanismo, sostenía: “El urbanismo sin poder, es hobby”.

22 El Carlos Contreras señalaba que una adecuada planificación debía abarcar planos precisos, buenos datos estadísticos, datos sociales, y sobre todo, DINERO.


Bibliografía de apoyo

1 Aguilar Narváez, José A. Ramírez Vázquez en el Urbanismo. México, IMAU, 1995.
2 Contreras, Carlos. “Asociación Nacional para la Planificación de la República Mexicana” en Revista Mexicana de Ingeniería y Arquitectura. México, 1926.
3 Contreras, Carlos. Plano Regulador para el Distrito Federal. México, s/r, 1933.
4 De la Peña, Moisés T. El Servicio de Autobuses en el Distrito Federal. México, s/r, 1943.
5 Harvey, David. La Condición de la Posmodernidad. Buenos Aires, Amorrortu, 1998.
6 Le Corbusier. Principios de urbanismo, la Carta de Atenas. Barcelona, Planeta–Agostini, 1993.
7 Lombardo Toledano, Humberto. Construyendo México, 1910–1946. México, Talleres Gráficos de la Nación, 1946.
8 Lombardo Toledano, Vicente. “El 190. Aniversario de la Revolución” en La Revolución Mexicana. México, INEHRM, t1, 1988.
9 López Rangel, Rafael. La Modernidad Arquitectónica Mexicana. México, UAM–A, 1989.
10 Nafinsa–Presidencia de la República. 50 años de Revolución Mexicana en cifras. México, 1963.
11 Romero Flores, Jesús. La Obra Constructiva de la Revolución Mexicana. México, Libro–Mex, 1960.
12. Sánchez Ruiz, Gerardo G. La Ciudad de México en el Periodo de las Regencias. México, UAM,A–Gobierno del Distrito Federal, 1999
Documentos Especializados
1 Ayuntamiento Constitucional de México. En Defensa del Ayuntamiento.
México,1919.
2 Departamento del Distrito Federal –Secretaría de la Presidencia. La Ciudad
de México a través de los Informes Presidenciales. México, 4T, 1976.

Periódicos

1 Excelsior.
2 Universal.
3 Nacional Revolucionario.

Revistas
1 Planificación, 1927.
2 Mexicana de Ingeniería y Arquitectura, 1926.

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