En estos tiempos, el tema de la administración ha adquirido una creciente y especial importancia entre los distintos sectores de la sociedad: empresarios, trabajadores, profesionistas y educadores. Es frecuente, y más aún en periodos de crisis y disminución de los recursos disponibles, que se escuchen en seminarios y conferencias diferentes planteamientos en torno a la necesidad que tienen empresarios y administradores de mejorar la calidad de los productos, así como de generar la eficiencia de las empresas que les permita ser más competitivas en los mercados globales; a los trabajadores, sus demandas de educación y actualización de conocimientos, que les ayude a no caer en “obsolescencia de habilidades”; a los profesionistas, sus deseos de elevar su nivel de calificación; y a las instituciones educativas su preocupación por preparar profesionales altamente competitivos que puedan responder y, sobre todo, anticipar los cambios en tecnología, producción y trabajo. Por consiguiente, la administración se ha convertido en una herramienta esencial para la competitividad no sólo de las empresas y gobierno, sino de manera especial para las instituciones educativas y los futuros profesionales de la administración.
Sin embargo, la creciente importancia
social de la administración contrasta con los escasos intentos –al
menos en nuestro país– por renovar la teoría administrativa,
que por muchas décadas ha prevalecido en el mundo de los negocios
y, en general, de las organizaciones. En este sentido, el objetivo de las
reflexiones que se presentan en este trabajo es sugerir algunas líneas
de análisis tendientes a contribuir al planteamiento y desarrollo
de nuevas hipótesis que nos permitan lograr una mejor comprensión
del origen, evolución y alcance del pensamiento administrativo,
además de precisar algunas diferencias que se han presentado en
los distintos enfoques de estudio de la administración por efectos
del cambio tecnológico y las nuevas formas de producción
y administración que se aplican en las organizaciones de la década
de los noventa.
Origen y naturaleza del objeto de estudio de la administración
El primer punto que debe analizarse es la naturaleza del objeto de estudio de la administración, aparentemente muy discutida, pero que ahora, ante la necesidad del cambio, requiere la revisión de los supuestos básicos sobre los que se ha construido el pensamiento administrativo, no sólo para identificar con mayor claridad los elementos que la distinguen como un campo específico del conocimiento sino para que nos permita entenderla como una actividad humana .1
El origen y desarrollo del pensamiento administrativo es reciente, puesto que se reconoce que surge con la revolución industrial de finales del siglo XVIII y que se extiende prácticamente a lo largo del siglo XIX. No obstante, la primera reflexión sistemática sobre el contenido de la administración se hace hasta finales de ese siglo y principios del siguiente, con la obra de Frederick W. Taylor, considerado, junto con Henri Fayol, fundador de esta disciplina. Si la comparamos con otras ciencias sociales como la historia, el derecho, la política y la economía, entre muchas más, la administración, como un campo específico del conocimiento, no cuenta con la tradición y riqueza conceptual y metodológica de estas ciencias, aunque no por ello deja de ser una disciplina con gran diversidad de teorías y corrientes de pensamiento.
Para dilucidar la naturaleza del objeto de estudio de la administración proponemos partir del análisis de la siguiente premisa: con la revolución industrial surge la administración como una actividad socialmente útil y necesaria. Una de las consecuencias más importantes de la revolución industrial fue el sistema fabril de producción, que implicó reunir en un solo espacio herramientas y equipos de trabajo, materias primas y personas –artesanos que dominaban las artes de un oficio, convertidos en operarios contratados para prestar sus servicios dentro de una fábrica–, con lo que se dio origen a las primeras prácticas de la administración referidas a la supervisión, control y vigilancia del proceso de producción y trabajo. De este modo surge la administración como una actividad social, necesaria para conducir y encausar el trabajo cooperativo de las personas hacia el cumplimiento de objetivos y metas de producción.
Sin embargo, para definir a la administración como una actividad humana, tendríamos que remontarnos más atrás en la historia, y encontrar su origen desde el momento en que el ser humano se da cuenta que tiene que unir sus esfuerzos y cooperar con otras personas para alcanzar objetivos que de manera individual no podría lograr; logros que permitieron al ser humano obtener los satisfactores que requería para sobrevivir y reproducirse en lo individual y social.
Por tanto, existe una diferencia fundamental en los tiempos en que surge la administración como actividad social y como actividad humana; mientras que la primera se vincula orgánicamente con el desarrollo del sistema fabril de producción, esto es, con determinadas condiciones económicas y sociales, la segunda es una función natural e inherente a la vida del hombre.
Mientras que el carácter social
de la administración se explica por el conjunto de condiciones económicas,
tecnológicas, sociales y culturales que convergen en un momento
histórico determinado que condiciona las distintas formas en que
se organiza la sociedad para producir los bienes y servicios que requiere
para la subsistencia y el desarrollo, la dimensión humana de la
administración constituye una actividad natural que surge de la
necesidad de todo individuo para relacionarse con otras personas con el
propósito de cooperar en la consecución de objetivos comunes.
Con la sustitución de pequeños talleres por grandes fábricas,
el trabajo cooperativo de las personas se realiza en espacios organizacionales
acotados (empresas y centros de trabajo en general), cuyos objetivos y
contenido de trabajo se defininen por una instancia externa al individuo
y le son transmitidos, comunicados, a fin de que oriente su actividad dentro
de los límites fijados por éstos; en tanto que la dimensión
humana de la administración se deriva de la naturaleza del individuo
para relacionarse con otras personas y unir sus esfuerzos para alcanzar
metas que definen comúnmente, sin más limitación que
su propia capacidad y conocimiento del trabajo.
Transformación del objeto: la administración como actividad social
Esta distinción entre el carácter social y la dimensión humana de la administración nos conduce a una segunda premisa: hasta hoy, el origen y evolución del pensamiento administrativo (teoría, método y técnica) se han construido, en buena medida, en torno de la dimensión social de la administración; es decir, considerándola como actividad diferenciada y socialmente útil para organizar y dirigir el trabajo cooperativo de las personas hacia la consecución de objetivos y metas organizacionales. Por consiguiente, la teoría administrativa se ha referido, ante todo, al estudio del trabajo de las personas en ámbitos definidos por las organizaciones.
Veamos: entre los cambios más
significativos de la revolución industrial está el surgimiento
de nuevas formas de organización de la actividad productiva, es
decir, la forma en que el hombre obtiene los bienes y servicios que requiere
para la conservación y desarrollo de la vida. La ciencia y la tecnología
jugaron un papel decisivo, ya que su aplicación a la actividad industrial
abrió las puertas a la producción de grandes volúmenes
de mercancías, lo que permitió cambiar su orientación
del autoconsumo hacia el mercado. Con ello, también se modificó
la forma en que se organizaba el trabajo en la sociedad. Surgen las fábricas
como los espacios en donde tiene lugar el trabajo
cooperativo de las personas, así
como la especialización del operario en tareas sencillas y rutinarias.
Aparece la administración como una actividad diferenciada, encargada de supervisar y controlar el proceso de producción y trabajo. Que los operarios cumplieran con las tareas para las cuales habían sido contratados y que se hiciera uso adecuado de los materiales y equipos, constituía la función principal de la administración.
En las primeras fábricas los administradores eran totalmente empíricos; no se contaba con la sistematización de los conocimientos que apoyaran la práctica. Evidentemente, se gestó una gran transformación de la industria; los mercados se desarrollaron al mismo tiempo que lo hicieron las vías de comunicación y transporte; surgieron nuevos materiales y se perfeccionaron las herramientas que hicieron la producción rápida. Se empiezan a organizar los sindicatos como medios para la defensa de las condiciones laborales de los trabajadores; se crea el derecho corporativo, entre muchas otras transformaciones que caracterizaron ese periodo de la historia.2
A principio de neustro siglo, Frederick W. Taylor hace la primera sistematización de los elementos que integran el contenido de la administración, proponiendo la sustitución del empirismo y la improvisación en la administración, por un enfoque científico que asegurara mayor productividad del operario en la fábrica. Para este propósito, propuso seleccionar y entrenar adecuadamente a los operarios, ubicándolos según sus cualidades físicas, en aquellas actividades en las que aseguraran mejores resultados; a través del estudio de tiempos y movimientos en el trabajo, estableció estándares de producción que debían ser alcanzados por los operarios. Asimismo, modificó los sistemas de remuneración para que los salarios se otorgaran según el rendimiento individual. Sostenía que a mayor productividad, entendida como el incremento en el número de unidades producidas por el operario, se generarían los recursos que no sólo iban a aumentar las ganancias de la empresa, sino que también permitirían lograr mayores beneficios para los trabajadores, a través de mejorar las remuneraciones que percibían. En este sentido, consideró que los operarios debían cooperar con la administración, ya que si había identidad de intereses y ambiente de colaboración, ambas partes se beneficiarían.
Prácticamente hasta la década de los cuarenta, la preocupación central de la administración era cómo lograr que el trabajador fuera más productivo. Para ello se debían seguir procedimientos y secuencias de trabajo previamente definidas, así como mantener un comportamiento acorde con las normas y conductas reconocidas por la empresa, invariablemente establecidas por escrito (enfoque taylorista de la administración y modelo burocrático de organización)3.
La corriente de las relaciones humanas, que se derivó, entre otros factores como el desarrollo de la psicología y la sociología, de las investigaciones de Elton Mayo, quien incorporó a la teoría de la administración temas como la motivación, grupos informales, comunicación, sentido de participación y, sobre todo, un clima de trabajo más humano respecto a la propuesta de la administración de Taylor. Con ello se sustituyó la tesis taylorista de que la productividad dependía exclusivamente del esfuerzo físico del operario, debido al planteamiento de que el trabajador no actuaba solo, sino que su comportamiento y nivel de productividad en la fábrica eran condicionados por su integración social y por su pertenencia a los grupos de trabajo. Sin embargo, la administración continuaba poniendo el énfasis en el operario, en la forma en que éste podía lograr un mayor rendimiento en el trabajo.
A partir de la década de los cuarenta, las organizaciones, y principalmente las empresas que se establecieron a principios de siglo, empezaron su etapa de consolidación, aumentando su tamaño y complejidad, por lo que los administradores se enfrentaron a nuevas problemáticas vinculadas con la naturaleza de la organización, sus objetivos, estrategias y tácticas de crecimiento, la evaluación del desempeño y la medición de resultados no sólo económicos, sino de expansión y diversificación de productos y mercados, así como a la aplicación de técnicas cuantitativas para crear una base racional a la toma de decisiones4.
De este modo, el objeto de la administración se traslada progresivamente hacia el estudio de la organización en su conjunto. Esto no implicaba que ya se hubieran resuelto todos los problemas relacionados con el trabajo del operario, sino que la creciente complejidad de las organizaciones planteó situaciones que demandaron modelos mucho más amplios de administración, que permitieran el análisis y la atención de los nuevos problemas, tales como el reconocimiento del conflicto organizacional, la vinculación con el entorno, y la influencia de la variable tecnológica y ambiental en su estructura y procesos administrativos. La organización, entendida como una unidad social que busca alcanzar objetivos previamente definidos, se convierte en el objeto de estudio de la administración. Dentro de esta perspectiva se ubican corrientes de pensamiento como el estructuralismo, la administración por objetivos, la planeación estratégica, los sistemas y el enfoque de contingencia.
No obstante lo trascendental del
cambio de enfoque hacia el objeto de estudio: del trabajo y rendimiento
del operario hacia la organización como entidad social integrada
por diferentes componentes que interactúan de manera dinámica
y flexible entre sí y con el medio ambiente que le rodea para alcanzar
objetivos determinados, prevalece en las diferentes corrientes del pensamiento
administrativo la tesis de la administración como una actividad
socialmente útil para coordinar y encausar el trabajo cooperativo
de las personas hacia la consecución de objetivos definidos en el
ámbito organizacional.
Cambios
en la base técnica de la producción;
hacia
la administración como actividad humana
Hasta finales de la década de los cincuenta, la evolución del pensamiento administrativo se había construido en torno al concepto de administración como actividad social debido, especialmente, a las características relativamente estáticas de la tecnología que se utilizaba en los procesos de producción y a la ausencia de estrategias definidas de mercado. El modelo de producción “masiva”, con escasos cambios en su base tecnológica, se orientó principalmente a lograr economías de escala: entre mayor fuera la cantidad de productos, mayores serían los beneficios económicos para la empresa. El producto era uniforme en sus características y el mercado se encontraba asegurado para cualquier volumen de producción. Al comienzo de la década de los sesenta, se origina un proceso de transformación tecnológica de alcance mundial que, gradualmente, lleva a las empresas a cambiar la base técnica de producción y a remplazar, en consecuencia, el modelo taylorista de organización por otro sistema, flexible y capaz de adaptarse a las nuevas condiciones tecnológicas y de mercado. Paulatinamente se va de una economía dominada por la oferta, a un sistema que se centra en la demanda, en odnde el cliente se convierte en el punto de atención, y los continuos cambios en sus preferencias reducen los ciclos de vida de los productos, por lo que se requiere de cambios e innovación constante, para atender con oportunidad las necesidades y también para anticiparlas y, en algunos casos, para crearlas.
Si la teoría administrativa de la primera mitad de este siglo (enfoque clásico, teoría del proceso administrativo y relaciones humanas) concibió a la organización como un sistema cerrado, el cambio en la base técnica de la producción condujo al desarrollo del concepto de organización abierta, esto es, un sistema en continuo intercambio de energía, información y recursos con el ambiente que le rodea. La nueva tecnología, junto con la globalización de la economía, requirió no sólo de la introducción de nuevos sistemas de organización de la producción y el trabajo, sino también de nuevos enfoques para la administración y el mercadeo.
Entre las nuevas tendencias que caracterizan a la teoría de la administración en la década de los noventa, se encuentran la calidad total y los programas de mejoramiento continuo; los sistemas de producción y entregas “justo a tiempo”, asociados con esquemas de “cero inventarios”; la reingeniería de procesos; las alianzas estratégicas entre empresas de distintos tamaños y giros de actividad; el benchmarking o adopción de las mejores prácticas de administración, producción y comercialización de empresas líderes u organizaciones de alto desempeño; el outsourcing o subcontratación de servicios y, la organización inteligente, o sea, la organización que innova y aprende continuamente para adaptarse a contingencia5.
Quizá para no pocos estudiosos
de la administración más que tendencias, las anteriores sólo
constituyen “modas pasajeras”, pero son los enfoques que dominan actualmente
el pensamiento y la práctica administrativa. En muchos países
han empezado a surgir corrientes que, con base en el análisis de
estos cambios, proponen el desarrollo de una administración renovada,
que permita identificar los temas que es necesario revisar de las teorías
y prácticas tradicionales, así como sistematizar los principales
aprendizajes de los actuales modelos organizacionales y construir una nueva
síntesis que incluya como objeto de estudio de la administración
tanto a la organización en sus procesos, estructura y funcionamiento,
como al análisis y desarrollo del trabajo cooperativo de las personas
dentro de una perspectiva que realce la dimensión humana de la administración6.
Con el advenimiento de la nueva tecnología y los nuevos enfoques de la administración los contenidos del trabajo y el perfil de calificaciones, tanto de operarios como de empleados, se modifican sustancialmente. La figura del puesto de trabajo con tareas fijas, repetitivas y secuenciales, se sustituye paulatinamente por la noción de función productiva, que demanda trabajadores polifuncionales y multicalificados para desempeñarse en diferentes etapas del proceso de trabajo. Debe poseer capacidad de razonamiento, de expresión e interpretación de códigos y manuales técnicos, además de conocimiento de lenguajes tecnológicos y habilidad para trabajar en equipo y resolver problemas. En suma, lo que se requiere actualmente del trabajador es su aporte intelectual al proceso de producción.
Frente a la especialización del operario en las tareas repetitivas y rutinarias de la práctica administrativa tradicional, los nuevos modelos de gestión privilegian la vinculación entre planeación y ejecución del trabajo; hoy en día se requiere que los trabajadores conozcan y dominen distintas fases del proceso de producción, que resuelvan problemas de calidad y seguridad e higiene, y que participen en la toma de decisiones. Antes recibían una capacitación específica y no existía el interés por desarrollar nuevos conocimientos y habilidades; hoy se requiere de la educación continua y el desarrollo profesional. Frente a la rutina se anteponen la creatividad y el trabajo en equipo.
Además de la reorganización
de los procesos de trabajo y producción, las organizaciones también
revisan y ajustan su tamaño y estructura administrativa; reducen
o eliminan niveles jerárquicos; también subcontratan algunas
de sus funciones para aumentar su flexibilidad y capacidad de adaptación
a las nuevas condiciones de la tecnología y los mercados.
Por consiguiente, el cambio en la
base técnica conlleva un nuevo paradigma de administración,
que exige, tanto a organizaciones como a personas, flexibilidad, capacidad
de adaptación y aprendizaje continuo. Estos elementos se organizan
en torno al reconocimiento del valor del capital intelectual con que cuentan
las organizaciones; por tanto, se está desarrollando un nuevo modelo
de administración que pone el énfasis en la gente, en sus
necesidades y su desarrollo.
En síntesis, el nuevo paradigma administrativo que se empieza a dibujar a finales de la década de los noventa favorece el surgimiento de una visión más humana de la administración, pues pone el acento en las personas, en la creciente participación de los trabajadores en la gestión de las organizaciones y en el desarrollo de su capital intelectual.